Jaime Avila
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Keiko

Tras el hermetismo del Keiko

Desde el momento que supe que viajaría a Japón, sabía que una de las series de fotos que debía perseguir tenía que estar relacionada con el Sumo, aunque no tenía mucha idea del tema. En occidente es muy poco lo que se habla o se sabe del tema, y es evidente que mucho tiene que ver con la secrecía que guardan los mismos japoneses al respecto.

Antes de partir hacia Tokio, traté de empaparme un poco del tema y encontré muy poca información acerca de los entrenamientos matutinos; los Keiko. Mi intención era lograr ingresar a uno de cientos de establos en Tokio en donde viven y entrenan los luchadores, con la intención de hacer fotografías del proceso que envuelve la formación de un Rikishi. Había visto fotos antes de los torneos, pero nunca de la parte más íntima y humana que envuelve al tradicional deporte. Entre más buscaba información al respecto, más crecía mi intriga de por que no hay información y mucho menos fotografías de este tema. Poco a poco me daba cuenta que esa era la serie que debería perseguir. Si quería lograr fotografiar el Sumo desde adentro, necesitaría un aliado para lograr colocarme en el lugar correcto.

Con dos meses antes del viaje, logré contactar a un ejecutivo de un importante fabricante de equipo fotográfico japonés, pensé que sería de mucho peso que alguien japonés, y de la industria fotográfica solicitara mi acceso, que sería tomado con mucho mayor seriedad que alguien intentando hacerlo desde el otro lado del mundo; a fin de cuentas, un turista, un extranjero. Tomo, mi contacto, intentó por varias semanas y muchos correos y llamadas telefónicas que alguien me recibiera, explicando el propósito de mi visita, aunque al parecer justamente esto era lo que poco a poco iba cerrando puertas.

La temporada de torneos en Japón es en los meses nones, y mi visita sería en abril (mes par) por lo que algunos establos (decían) permanecerían cerrados, muchos otros simplemente se disculpaban diciendo que no aceptan visitas, sin más explicación. El principal motivo es que el Sumo es mucho más que un deporte y una tradición. El Sumo es una industria que genera millones de dólares y en donde lo que más está en juego es el honor, razón por la cual no iban a aceptar a un extranjero en sus instalaciones, mucho menos para hacer fotografías. Después entendí que entre establos hay tanta rivalidad (como en todos los deportes, en todos los países) que hay casos de espionaje y era algo que querían evitar los encargados de cada establo.

Mi visita en Japón tenía otro objetivo, y cuando terminé mis otros proyectos, tenía todavía un par de días libres, mismos que dediqué a tratar de completar esta serie que más que proyecto se había convertido en un capricho para mi. Poco a poco, fui notando que los japoneses, aún siendo tan amables y con una tremenda disposición para ayudar a los turistas, cuando tocaba el tema del Sumo, automáticamente cambiaban el semblante y daban la vuelta al tema. Empecé a sentir cada vez más el hermetismo que guardan todos, como cultura, a que un extranjero explore. Finalmente, después de muchas búsquedas, encontré un establo que tiene un gran ventanal junto al lugar de entrenamiento, dohyō, que da a la calle y que los turistas son bienvenidos a mirar desde la calle, bajo estrictas normas de comportamiento. Logré que la recepcionista del hotel me ayudara a llamar para confirmar que habría Keiko la siguiente mañana y la hora del mismo. La siguiente mañana, tras casi una hora de recorrido, estaba puntual a las 6 a.m. para poder ver algo del entrenamiento.

Al llegar noté que, junto al ventanal, había un buen número de bicicletas cuidadosamente acomodadas para evitar que alguien pudiera pegarse al cristal o estuviera demasiado cerca de las ventanas. Fui el primer turista en llegar, así que ocupé un “buen” lugar. Adentro, poco a poco iban apareciendo los Rikishi. Primero los más jóvenes, que preparaban el dohyō con una escoba y lo purificaban con granos de sal. Ellos hacían todo el trabajo y conforme llegaban los Rikishi de más alto grado, los ayudaban a prepararse. Y así, cada uno hacía algunos ejercicios de estiramiento y después iban entrando al dohyō a luchar. El entrenamiento consistía en que dos peleadores entraban al ring, luchaban y el perdedor salía. Entonces entraba un nuevo retador. Varios minutos después, mientras el dohyō ya tenía mucha acción, llegó en Maestro, quien se sentó justo con la espalda hacia la ventana, bloqueando la visibilidad a algunos turistas que habían llegado un poco más tarde. El no hablaba, solamente hacía un pequeño movimiento con la cabeza dando alguna indicación. Tiempo después, aparecieron algunos otros Rikishi de más alto grado, los que tienen el privilegio de vivir fuera del establo. Algunos de ellos llegaban vistiendo únicamente una bata y andando en bicicleta. En cuanto llegaban, alguien los ayudaba a poner su banda (que por tradición, es la única que utilizan en toda su carrera) y se unían a la práctica. Casi una hora después de que había comenzado el entrenamiento, llegó otro Rikishi, esta vez caminando por la calle, vistiendo únicamente su mawashi, la banda con la que luchan. Entró al establo, todos se detuvieron a hacer una reverencia y se unió al Keiko.

No había muchas oportunidades para hacer fotografías, y los turistas que iban sacando sus equipos (DSLR), rápidamente se encontraban con la mirada seria de uno o varios Rikishi. El equipo que llevaba (X-T2 de Fujifilm, junto con lentes fijos en 23, 35 y 50mm) me dieron suficiente discreción para hacer algunas fotografías durante un espacio de 45 minutos sin ser desafiado con la mirada en señal de desaprobación.

El entrenamiento resultó mucho más intenso de lo que yo imaginaba. el contacto es muy rcpido, pero también muy violento. Cada round dura no más de 8 ó 10 segundos. Los peleadores más jóvenes empiezan a mostrar marcas en la cara a los pocos minutos, similares a aquellos que inician en en box, y cuando un luchador se exalta, entran todos los demás al dohyō a poner orden y evitar una pelea.

Poco tiempo después, fueron llegando hombres notablemente adinerados (promotores) que van tomando su lugar junto al Maestro, quitando completa visibilidad a los espectadores que nos habíamos reunido para presenciar el entrenamiento de la mañana.